domingo, 12 de abril de 2009

Como digo una cosa, digo la otra (III)



"En relación con" o "En relación a"

Por Ulises Martínez Flores


Mi amigo El Botargas no deja de sorprenderme. Sentado en la orilla de la banqueta, recargado en la parte inferior de un poste, mantiene un aire de intelecuál de la Condesa venido a menos (que ya es mucho decir), mientras ojea y hojea un ejemplar de la revista Algarabía. Me acerco a saludarlo y se me adelanta, sin abandonar su aire de intelecuál.

—Profe, precisamente a usted lo andaba buscando para comentarle, en relación a sus consejos para que modificara mis hábitos de lectura, que ya cambié El libro vaquero por la revista Algarabía.

—Eso veo, Botargas, pero no cabe duda de que El libro vaquero dejó honda huella: no se dice “en relación a” sino “en relación con”.

—Perdóneme, Profe, pero en-re-la-ción-a mis supuestos errores, he de decirle que es precisamente en la revista Algarabía donde aprendí a decir “en relación a”. Mire… —y me enseña la página 61 del ejemplar de febrero de 2009 de la citada publicación.

A estas alturas, el aire doctoral del Botargas es verdaderamente un huracán, por lo que, aunque convencido yo de su error, prefiero llevar la charla por el lado más didáctico posible.

—Botargas, no me hagas dudar; ven a mi cuchitril y consultemos los diccionarios —y lo encamino a mi casa. Ya ahí, empezamos por la voz oficial de la Real Academia Española.

En el real diccionario, le muestro al Botargas que sólo quedan registradas dos locuciones —es decir, dos agrupamientos de palabras que en conjunto desempeñan una función gramatical— con la palabra relación, y que ninguna de ellas es su muy defendida “en relación a”. Primero aparece “con relación a”, descrita como locución preposicional que significa “Que tiene conexión o correspondencia con algo”, y en segundo término la locución adverbial “en relación con”, a la que se le otorga el carácter de sinónimo de la primera.

—Pero en ningún lado dice que la que leí en Algarabía sea incorrecta, Profe —me reclama el Botargas entre desilusionado y confundido.

—No te enojes, Botargas, veamos otro diccionario. ¿Cuál escoges? —le respondo magnánimo y le señalo mi colección de tumbaburros.

Mi amigo elige el Moliner, que reitera lo que el diccionario de la Real Academia española ya señalaba: sólo es aceptado decir “en relación con” y “con relación a”. Viendo que el Botargas no se convence, le sugiero que dejemos los diccionarios generales y nos vayamos a los de dudas, empezando por el de Manuel Seco que doña Olga me heredó. Ahí, la sentencia es más clara: “EN RELACIÓN A. […] No es normal decir en relación a, sino en relación con o con relación a”.

El Botargas se siente desarmado ante la contundencia de Seco, ocasión que aprovecho para darle la estocada.

—Y mira, Botargas, acá tengo otro librito para este tipo de dudas, el Dígalo sin errores de Fernando Ávila, que dice: “La frase *en relación a es incorrecta. Pueden usarse en relación con, con relación a o con respecto a para indicar que tiene conexión o correspondencia con algo”. Seguramente que tu ya muy desacreditado “en relación a” tiene su origen en una mala traducción del inglés in relation to, y también debe tener que ver con una tendencia a poner la preposición “a” en muchas locuciones que deben llevar otra preposición, como “al extremo de” en lugar de “hasta el extremo de”, o “de acuerdo a” en lugar de “de acuerdo con”, o “en función a” por “en función de”…

—Bueno, Profe, y ¿qué hago entonces?, ¿sigo leyendo Algarabía?

—Claro, Botargas, si es muy buena revista, aunque un error cualquiera lo comete. Digamos que dimos machetazo a caballo de espadas, pero no pasa nada. Además, como la propia Algarabía con sabiduría dice: “Las lenguas son entes vivos que tienden a cambiar”.

domingo, 5 de abril de 2009

Ecos de Bardulia (II)

Las primeras palabras

Por Ulises Martínez Flores

Decíamos en la anterior entrega que podemos hablar de Bardulia como el nido del idioma castellano, un sitio en el norte de la península ibérica en el que circunstancias sociales, políticas, económicas y culturales permitieron que una lengua diferente al latín vulgar y también a otros de sus dialectos iniciara su crecimiento y expansión.

Por el momento, llamemos a esa lengua iberorromance o romance hispánico, es decir, una lengua romance, desprendida del latín (específicamente de la forma en la que éste llegó a la península ibérica de la mano de los conquistadores) y que integraba elementos de las lenguas que los pueblos primigenios de esos territorios mantenían, así como de las lenguas de anteriores pueblos que habían conquistado esas tierras.

¿Cómo era el iberorromance y cómo empezó a surgir? Sólo algunos siglos después, cuando se fijaron sobre el papel sus primeras huellas escritas es que podemos saberlo. Aunque ya había nacido, nadie había dado fe de su existencia más allá que sus propios hablantes; pero con eso de que a las palabras se las lleva el viento (y más en esos tiempos que no conocían de la posibilidad de conservar registros auditivos), faltaba entonces el acta de nacimiento, como se refiere a ella el sabio Antonio Alatorre (saboreen cuando puedan su libro Los 1,001 años de la lengua española).

Esa acta de nacimiento se conoce ahora como Las glosas de San Millán y de Silos, y son palabras garabateadas en los márgenes o entre las líneas de libros en latín que los religiosos que habitaban los monasterios de esos lugares dejaron escritas. El mismo Alatorre describe con buena imaginación el nacimiento del castellano escrito.

Hablamos de los años 950 para el caso de las glosas de San Millán (o emilianenses) y de los años ya cercanos al primer milenio para el caso de las de Silos (o silenses). Siendo los monjes el sector más estudioso de la época, eran duchos en leer el latín, pero eran ya ellos —y muchos otros habitantes de Castilla— hablantes del castellano (o de ese castellano antiguo y primario que hemos nombrado iberorromance).

Sobre sus mesas de trabajo, al leer algunas frases un tanto rebuscadas, optaban por señalar al margen de la página o entre las palabras latinas su traducción al castellano, imaginamos que para facilitar su relectura o la de otros que se toparan más adelante con la misma dificultad. Así, por ejemplo, al encontrar la palabra en latín damnétur, hacían la traducción al iberorromance: desonoratu siegat, que en castellano moderno querría decir sea condenado.

Cuenta Alatorre que el manuscrito glosado de San Millán contenía esencialmente homilías o sermones de San Agustín, mientras que el de Silos era un listado de penitencias que deberían cumplirse de acuerdo con los distintos pecados o con su grado de maldad al cometerlos; y señala también que el capítulo de este último texto que más glosas tiene señaladas es el referente a las diversas clases de fornicación, lo que nos muestra, de paso, que la “curiosidad” religiosa por tales conductas humanas es en verdad milenaria.

El monasterio de San Millán de la Cogolla y el de Santo Domingo de Silos son, todavía hoy, lugares cercanos a Burgos, ese lugar en donde en la primera entrega situamos la mítica Bardulia.

El mapa, pues, sigue su trazo. Geográficamente no nos hemos movido más que unos kilómetros; en el tiempo, sólo unos cuantos siglos. Lento pero seguro, el castellano seguía creciendo.