Las primeras palabras
Por Ulises Martínez Flores
Decíamos en la anterior entrega que podemos hablar de Bardulia como el nido del idioma castellano, un sitio en el norte de la península ibérica en el que circunstancias sociales, políticas, económicas y culturales permitieron que una lengua diferente al latín vulgar y también a otros de sus dialectos iniciara su crecimiento y expansión.
Por el momento, llamemos a esa lengua iberorromance o romance hispánico, es decir, una lengua romance, desprendida del latín (específicamente de la forma en la que éste llegó a la península ibérica de la mano de los conquistadores) y que integraba elementos de las lenguas que los pueblos primigenios de esos territorios mantenían, así como de las lenguas de anteriores pueblos que habían conquistado esas tierras.
¿Cómo era el iberorromance y cómo empezó a surgir? Sólo algunos siglos después, cuando se fijaron sobre el papel sus primeras huellas escritas es que podemos saberlo. Aunque ya había nacido, nadie había dado fe de su existencia más allá que sus propios hablantes; pero con eso de que a las palabras se las lleva el viento (y más en esos tiempos que no conocían de la posibilidad de conservar registros auditivos), faltaba entonces el acta de nacimiento, como se refiere a ella el sabio Antonio Alatorre (saboreen cuando puedan su libro Los 1,001 años de la lengua española).
Esa acta de nacimiento se conoce ahora como Las glosas de San Millán y de Silos, y son palabras garabateadas en los márgenes o entre las líneas de libros en latín que los religiosos que habitaban los monasterios de esos lugares dejaron escritas. El mismo Alatorre describe con buena imaginación el nacimiento del castellano escrito.
Hablamos de los años 950 para el caso de las glosas de San Millán (o emilianenses) y de los años ya cercanos al primer milenio para el caso de las de Silos (o silenses). Siendo los monjes el sector más estudioso de la época, eran duchos en leer el latín, pero eran ya ellos —y muchos otros habitantes de Castilla— hablantes del castellano (o de ese castellano antiguo y primario que hemos nombrado iberorromance).
Sobre sus mesas de trabajo, al leer algunas frases un tanto rebuscadas, optaban por señalar al margen de la página o entre las palabras latinas su traducción al castellano, imaginamos que para facilitar su relectura o la de otros que se toparan más adelante con la misma dificultad. Así, por ejemplo, al encontrar la palabra en latín damnétur, hacían la traducción al iberorromance: desonoratu siegat, que en castellano moderno querría decir sea condenado.
Cuenta Alatorre que el manuscrito glosado de San Millán contenía esencialmente homilías o sermones de San Agustín, mientras que el de Silos era un listado de penitencias que deberían cumplirse de acuerdo con los distintos pecados o con su grado de maldad al cometerlos; y señala también que el capítulo de este último texto que más glosas tiene señaladas es el referente a las diversas clases de fornicación, lo que nos muestra, de paso, que la “curiosidad” religiosa por tales conductas humanas es en verdad milenaria.
El monasterio de San Millán de la Cogolla y el de Santo Domingo de Silos son, todavía hoy, lugares cercanos a Burgos, ese lugar en donde en la primera entrega situamos la mítica Bardulia.
El mapa, pues, sigue su trazo. Geográficamente no nos hemos movido más que unos kilómetros; en el tiempo, sólo unos cuantos siglos. Lento pero seguro, el castellano seguía creciendo.
Por Ulises Martínez Flores
Decíamos en la anterior entrega que podemos hablar de Bardulia como el nido del idioma castellano, un sitio en el norte de la península ibérica en el que circunstancias sociales, políticas, económicas y culturales permitieron que una lengua diferente al latín vulgar y también a otros de sus dialectos iniciara su crecimiento y expansión.
Por el momento, llamemos a esa lengua iberorromance o romance hispánico, es decir, una lengua romance, desprendida del latín (específicamente de la forma en la que éste llegó a la península ibérica de la mano de los conquistadores) y que integraba elementos de las lenguas que los pueblos primigenios de esos territorios mantenían, así como de las lenguas de anteriores pueblos que habían conquistado esas tierras.
¿Cómo era el iberorromance y cómo empezó a surgir? Sólo algunos siglos después, cuando se fijaron sobre el papel sus primeras huellas escritas es que podemos saberlo. Aunque ya había nacido, nadie había dado fe de su existencia más allá que sus propios hablantes; pero con eso de que a las palabras se las lleva el viento (y más en esos tiempos que no conocían de la posibilidad de conservar registros auditivos), faltaba entonces el acta de nacimiento, como se refiere a ella el sabio Antonio Alatorre (saboreen cuando puedan su libro Los 1,001 años de la lengua española).
Esa acta de nacimiento se conoce ahora como Las glosas de San Millán y de Silos, y son palabras garabateadas en los márgenes o entre las líneas de libros en latín que los religiosos que habitaban los monasterios de esos lugares dejaron escritas. El mismo Alatorre describe con buena imaginación el nacimiento del castellano escrito.
Hablamos de los años 950 para el caso de las glosas de San Millán (o emilianenses) y de los años ya cercanos al primer milenio para el caso de las de Silos (o silenses). Siendo los monjes el sector más estudioso de la época, eran duchos en leer el latín, pero eran ya ellos —y muchos otros habitantes de Castilla— hablantes del castellano (o de ese castellano antiguo y primario que hemos nombrado iberorromance).
Sobre sus mesas de trabajo, al leer algunas frases un tanto rebuscadas, optaban por señalar al margen de la página o entre las palabras latinas su traducción al castellano, imaginamos que para facilitar su relectura o la de otros que se toparan más adelante con la misma dificultad. Así, por ejemplo, al encontrar la palabra en latín damnétur, hacían la traducción al iberorromance: desonoratu siegat, que en castellano moderno querría decir sea condenado.
Cuenta Alatorre que el manuscrito glosado de San Millán contenía esencialmente homilías o sermones de San Agustín, mientras que el de Silos era un listado de penitencias que deberían cumplirse de acuerdo con los distintos pecados o con su grado de maldad al cometerlos; y señala también que el capítulo de este último texto que más glosas tiene señaladas es el referente a las diversas clases de fornicación, lo que nos muestra, de paso, que la “curiosidad” religiosa por tales conductas humanas es en verdad milenaria.
El monasterio de San Millán de la Cogolla y el de Santo Domingo de Silos son, todavía hoy, lugares cercanos a Burgos, ese lugar en donde en la primera entrega situamos la mítica Bardulia.
El mapa, pues, sigue su trazo. Geográficamente no nos hemos movido más que unos kilómetros; en el tiempo, sólo unos cuantos siglos. Lento pero seguro, el castellano seguía creciendo.

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