domingo, 25 de enero de 2009

Tú que eres poeta y en el aire las compones… (I)

Los dados eternos
Por Ulises Martínez Flores


Soy ateo. Cuando me preguntan el porqué, digo que por culpa de los creyentes que no se acercaron a evangelizarme, porque es cierto: nadie me tiró un lazo en esa materia, empezando por mis padres. En realidad, es herencia materna, reafirmada posteriormente por mí mismo. De doña Olga, cuentan que, siendo joven, cuando le preguntaban si creía en dios, contestaba: “No, yo no tengo ese problema”.

Agradezco infinitamente tan valiosa herencia de doña Olga, pues troqueló positivamente aspectos esenciales de mi ser y de mi vida. Y también encuentro en esa calidad de impío mi gusto por el poema “Los dados eternos” del poeta peruano César Vallejo.

Siento que mi carencia de religiosidad me permite recoger desde un costado diferente la irreverencia del poeta hacia su dios. Me conmuevo cuando el creyente, en este caso Vallejo, voltea hacia su divinidad y le reclama las comodidades de las que ésta goza en comparación con los sufrimientos de su creación humana: “tú, que estuviste siempre bien, no sientes nada de tu creación. Y el hombre sí te sufre: ¡el Dios es él!”. Me reconozco en la desolación humana del condenado por su propio creador a esperar simplemente el fin: “surgirán los dos ojos de la Muerte, como dos haces fúnebres de lodo”. Me sobresalta el poeta que augura a su dios que ese planeta que le dio por hogar no tiene más futuro que “parar […] en el hueco de inmensa sepultura”.

Pero, sobre todo, me gusta penetrar en las palabras vallejianas y sentir por momentos el coraje, el desprecio y el dolor que destilaba su pluma en el instante de su creación artística. Léanlo así: imaginen la fuerza con la que los dedos de Vallejo sostenían la punta de su pluma cuando escribió en forma de reclamo: “¡Estoy llorando porque vivo!”.

“Los dados eternos” forma parte del primer poemario de Vallejo: Los heraldos negros, publicado a mediados de 1919, aunque su pie de imprenta registró como fecha de nacimiento 1918. Pero el poema que nos ocupa fue publicado antes, el 23 de marzo de 1918, en la revista La Semana, en Lima, Perú, en una primera versión ahora casi desconocida, pues durante el poco más de un año que pasó entre esta fecha y la aparición príncipe de Los heraldos negros, el poeta la fue modificando.

Aquí comparto esa primera versión, respetando la ortografía, y en especial la puntuación, original. Quien quiera ubicar los cambios, sólo tiene que consultar cualquiera de las múltiples ediciones posteriores del poema.


Para Manuel Gonzáles Prada, esta emoción bravía y selecta, una de las que con más entusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro.

!Dios mío! ¡Estoy llorando porque vivo!
Me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado…
Talvez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
… surgirán los dos ojos de la Muerte,
como dos haces fúnebres de lodo!

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
a fuerza de rodar, así tan dura,
es un dado roído y ya redondo
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

domingo, 11 de enero de 2009

Como digo una cosa, digo la otra (I)

Expirar o espirar
Por Ulises Martínez Flores

El cambio climático nos golpea, las temporadas de lluvias se extienden más allá de lo previsto y la gripe ya no es enfermedad de temporada sino de todo el año, con sus consabidas rachas de estornudos.

— ¡¡¡Achuuú!!!

— Salud —corresponde a mi estornudo mi amigo El Botargas, siempre educado, y agrega a su atención—, pero no expires tan violentamente que me salpicas.

— ¿Qué pasó, Botargas?, cómo que no expire, ¿ya me quieres matar?

— Yo nada más digo que al estornudar no me bañes, ¿qué tiene de malo eso?

— Pero entonces dilo con s: espirar, no con x.

— Es con x: expirar, que lo acabo de leer en el periódico, y ni modo que estén mal los periódicos.

— Ya, Botargas, no metas en tus menjurjes a otros, ¿cómo va a ser con x?

— ¿No me crees?, míralo tú mismo —y me extiende la edición de ayer del periódico.

¡Ah caray! El Botargas no miente; la edición que mi voluminoso amigo todavía sostiene en sus manos, apenas dejándome leer, a la letra dice:

“Una expiración violenta y estruendosa, mejor conocida como estornudo, alcanza una velocidad de hasta 150 kilómetros por hora...”.

Reacio a darle al verbo expirar otro significado que no sea el de morir o acabar, empiezo a rehacer el reportaje: Lo que quiere decir el periodista es que una muerte fulminante, que alcanzó la riesgosa velocidad de 150 kilómetros por hora, lo sorprendió en el momento en que estornudaba; ¿o fue el estornudo el causante de tan veloz fallecimiento?

— ¡¡¡Achuuú!!!— ¡ay, nanita!, ahora sí ya me asuste. Antes de que la inminencia de una muerte por estornudo acabe con mis días, decido consultar mi colección de diccionarios y salir de la duda... y del susto.

Todos coinciden:

Expiración: acción y efecto de expirar. Expirar: Acabar la vida//Dicho de un periodo de tiempo: acabar.

Espiración: acción y efecto de espirar. Espirar: Expeler el aire aspirado (uno entre varios de sus significados, y seguramente el que el periodista quiso que apareciera en su nota).

Si alguna duda quedara, busco estornudar y encuentro: Despedir o arrojar con violencia el aire de los pulmones, por la espiración involuntaria y repentina promovida por un estímulo que actúa sobre la membrana pituitaria.

Mi corazón descansa; por más violenta y estruendosa que sea mi espiración, no expiraré.

Para no eruditos (I)

Elemental, mi querido Jesucristo
Por Ulises Martínez Flores


¿Se habrían imaginado alguna vez la historia bíblica contada con aroma de Arthur Conan Doyle y sus aventuras detectivescas protagonizadas por Sherlock Holmes y su inseparable Dr. Watson? Ya no es necesario alentar a la imaginación; sólo basta con leer El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, para encontrarse a Jesucristo inmerso en una saga policiaca, como ayudante de detective para salvar la vida de su padre putativo, el carpintero José.

No, no estoy contándoles alucinaciones producidas por algún navideño ponche adulterado. Resulta que Santa Clos me trajo de regalo esta reciente novela del autor catalán citado y no queda más que recomendar su lectura.

Que a Eduardo Mendoza se le ocurra situar al niño Jesús como ayudante de detective no nos debe de extrañar. Sólo hay que recordar que en El misterio de la cripta embrujada y en El laberinto de las aceitunas, dos de sus primeras novelas, tuvo la genial ocurrencia de sostener sus tramas policiacas en dos personajes: el comisario Flores, inspector de policía, y un criminal que pasa su encarcelamiento en un manicomio; cada vez que los casos se le enredan al policía, se las ingenia para sacar al antiguo criminal del hospital psiquiátrico en el que se encuentra confinado, quien es un amplio conocedor de los ámbitos más turbios de la sociedad barcelonesa e invaluable auxilio en sus investigaciones.

En El asombroso viaje de Pomponio Flato (publicada por Seix Barral apenas en marzo del año pasado y ya con doce reimpresiones en su haber), Mendoza abandona su natal Barcelona —escenario y protagonista de sus más destacadas novelas: La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios, por ejemplo)— y nos lleva muy atrás en el tiempo y en el espacio: hasta la primera década de la hoy conocida como Era Cristiana y a la mismísima Nazaret. Ahí, el carpintero del pueblo, José, es acusado del asesinato del rico Epulón. Para sancionar el juicio y la sentencia, acude hasta ahí un representante del imperio romano, Apio Pulcro, quien en el camino hace migas con el Pomponio Flato del título.

Cuando todas las circunstancias auguran la inminente muerte en la cruz del acusado, su hijo, un niño de nombre Jesús que ocho años antes había logrado salvar la vida de los instintos infanticidas del emperador Herodes, se acerca a Pomponio para pedirle que le ayude a salvar a su padre.

Pomponio y Jesús forman así la mancuerna detectivesca que irá desenredando la madeja del asesinato de Epulón en una mezcla de novela histórica y policiaca, acompañada siempre de la aguda ironía y el excelente humor que caracterizan a la prosa de Eduardo Mendoza.

No les cuento más; sólo búsquenla y disfrútenla.