Elemental, mi querido Jesucristo
Por Ulises Martínez Flores
¿Se habrían imaginado alguna vez la historia bíblica contada con aroma de Arthur Conan Doyle y sus aventuras detectivescas protagonizadas por Sherlock Holmes y su inseparable Dr. Watson? Ya no es necesario alentar a la imaginación; sólo basta con leer El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, para encontrarse a Jesucristo inmerso en una saga policiaca, como ayudante de detective para salvar la vida de su padre putativo, el carpintero José.
Por Ulises Martínez Flores
¿Se habrían imaginado alguna vez la historia bíblica contada con aroma de Arthur Conan Doyle y sus aventuras detectivescas protagonizadas por Sherlock Holmes y su inseparable Dr. Watson? Ya no es necesario alentar a la imaginación; sólo basta con leer El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, para encontrarse a Jesucristo inmerso en una saga policiaca, como ayudante de detective para salvar la vida de su padre putativo, el carpintero José.
No, no estoy contándoles alucinaciones producidas por algún navideño ponche adulterado. Resulta que Santa Clos me trajo de regalo esta reciente novela del autor catalán citado y no queda más que recomendar su lectura.
Que a Eduardo Mendoza se le ocurra situar al niño Jesús como ayudante de detective no nos debe de extrañar. Sólo hay que recordar que en El misterio de la cripta embrujada y en El laberinto de las aceitunas, dos de sus primeras novelas, tuvo la genial ocurrencia de sostener sus tramas policiacas en dos personajes: el comisario Flores, inspector de policía, y un criminal que pasa su encarcelamiento en un manicomio; cada vez que los casos se le enredan al policía, se las ingenia para sacar al antiguo criminal del hospital psiquiátrico en el que se encuentra confinado, quien es un amplio conocedor de los ámbitos más turbios de la sociedad barcelonesa e invaluable auxilio en sus investigaciones.
En El asombroso viaje de Pomponio Flato (publicada por Seix Barral apenas en marzo del año pasado y ya con doce reimpresiones en su haber), Mendoza abandona su natal Barcelona —escenario y protagonista de sus más destacadas novelas: La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios, por ejemplo)— y nos lleva muy atrás en el tiempo y en el espacio: hasta la primera década de la hoy conocida como Era Cristiana y a la mismísima Nazaret. Ahí, el carpintero del pueblo, José, es acusado del asesinato del rico Epulón. Para sancionar el juicio y la sentencia, acude hasta ahí un representante del imperio romano, Apio Pulcro, quien en el camino hace migas con el Pomponio Flato del título.
Cuando todas las circunstancias auguran la inminente muerte en la cruz del acusado, su hijo, un niño de nombre Jesús que ocho años antes había logrado salvar la vida de los instintos infanticidas del emperador Herodes, se acerca a Pomponio para pedirle que le ayude a salvar a su padre.
Pomponio y Jesús forman así la mancuerna detectivesca que irá desenredando la madeja del asesinato de Epulón en una mezcla de novela histórica y policiaca, acompañada siempre de la aguda ironía y el excelente humor que caracterizan a la prosa de Eduardo Mendoza.
No les cuento más; sólo búsquenla y disfrútenla.

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