jueves, 26 de febrero de 2009

Como digo una cosa, digo la otra (II)

Huitlacoche o cuitlacoche
Por Ulises Martínez Flores

—Ya párale a las quesadillas, Botargas, que vas a engordar —le espeto como saludo a mi voluminoso amigo al que, por supuesto, ni le preocupa su sobredimensionado cuerpo ni le hace diferencia una quesadilla más o una menos.


El caso es que no deja de sobresaltarse por haberlo encontrado en pleno disfrute de su deporte favorito: la ingestión de fritangas. En realidad, el Botargas no sólo pide quesadillas una tras otra sino que encarga kilos y medios kilos del relleno.


En ésas está precisamente ahora, frente al comal de conocido fritanguero de la colonia Roma.


—No se te olvide entonces traerme mañana mi medio kilo de huitlacoche ya preparadito, moreno.


—No, gordito, cuenta con tu cuitlacoche.


Vicio del oficio, no me pasa desapercibida la diferencia de pronunciación que se acaba de dar entre el Botargas y el moreno que lo atiende solícito. Me empiezo a saborear la quesadilla de letras que me prepararé en cuanto llegue a mi colección de diccionarios, pero la discusión sobre si se dice huitlacoche o cuitlacoche se inicia frente a mí.


—Le pones su elotito y su cebollita a mi hui-tla-co-che —subraya el Botargas con aire doctoral.


—Sí, gordito, no te preocupes, pero se dice cui-tla-co-che —recibe como respuesta.


Ni tardo ni perezoso, aprovecho la ocasión para atizar el fuego.


—¡Ándale, Botargas!, ya te taparon el hocico por ignorante.


—¿Ignorante yo? Aquí el moreno que ya no me tiene respeto.


—No, gordito, nada más que aprende a hablar antes de ponerte a corregir —remata con evidente orgullo a sus raíces indígenas el fritanguero y manda con la cola entre las patas al Botargas a hacer la digestión a su casa.


Yo voy directo a la mía a dilucidar el debate que acabo de testimoniar. Busco primero la pronunciación del Botargas: huitlacoche, y el diccionario la da por buena, aunque sólo para remitirme a la otra opción: cuitlacoche. Es decir, sólo dice: “huitlacoche. 1. m. Méx. cuitlacoche”, lo que he aprendido a entender que quiere decir que ambas formas son usadas por los hablantes, pero que aquella a la que me remiten es la que el diccionario considera más aceptable.


Y la razón me la da el mismo diccionario: cuitlacoche proviene del nahua cuitlacochi, es decir que en su origen prehispánico el término se pronunciaba con c inicial y es posible imaginarse que criollos y mestizos fueron cambiando esa c por una muda h debido a la dificultad que su pronunciación les representaba.


Resuelto el enigma y dada la razón al fritanguero y su orgullo indígena, pero también al Botargas y su justo mestizaje del léxico prehispánico, no me resta más que revisar el significado completo de la palabra:


Cuitlacoche. s. m. (Ustilago maydis) Hongo parásito que invade las mazorcas tiernas del maíz; aparece a manera de grandes tumores de un blanco grisáceo que, cuando maduran, revientan y liberan infinidad de esporas negras; es comestible cocido o guisado: tacos de cuitlacoche, arroz con cuitlacoche.


Y, finalmente, su etimología: de cuitla, trasero, excremento, y quizá de cochi, dormir). ¡Ay, caray!, pues ¿que andará comiendo el Botargas?

domingo, 15 de febrero de 2009

Ecos de Bardulia (I)

Los primeros balbuceos
Por Ulises Martínez Flores


Hace más de mil años, muchos más, se llamaba Bardulia; hoy, por más que me esfuerzo, no la encuentro en los mapas. Era la tierra de los bárdulos, quienes con otros pueblos (autrigones y caristios, y sobre todo cántabros y vascones) habitaron el norte de la península ibérica desde la Antigüedad, mucho antes de que romanos, visigodos y árabes conquistaran esos territorios, unos detrás de otros.

A Bardulia se le identifica con Castilla en varios libros antiguos (en la tercera de las Crónicas de Alfonso III, escrita a finales del siglo X, y en la anónima Crónica Najerense, escrita a finales del siglo XII, por ejemplo), señalándose que por decisión de Alfonso I (rey de Asturias durante el siglo VIII) a Bardulia se le comenzó a llamar Castilla.

Si bien otras fuentes desmienten lo anterior, me gusta imaginarme a Bardulia como el nido del idioma castellano, un sitio en el que un grupo de habitantes de la península ibérica empezó a identificarse entre sí por compartir un idioma común diferente al de sus pueblos vecinos y al de sus sucesivos conquistadores, y cuyos ecos, doce siglos después, hermanan a casi 400 millones de personas en todo el mundo por ser ésta su lengua materna.

En realidad, nada es más difícil —si no es que imposible— que el tratar de identificar el lugar y el momento exacto en el que nace una nueva lengua; sin embargo, atrae la idea de que un día, viajando entre Pamplona y Burgos, en la carretera aparece una desviación hacia Bardulia, la que kilómetros más adelante se presenta como un simple caserío. Ahí, al preguntar a un par de viejos sobre cómo se llama el lugar, ellos contestan: “Bardulia quae nunc appellatur Castella” (“Bardulia, que ahora es llamada Castilla”).

Visiones románticas aparte, lo cierto es que hacia los años 900 de nuestra era, al sur de la costa cantábrica, por las márgenes del río Ebro, en lo que hoy es la provincia de Burgos, se dieron las condiciones para que quienes ahí habitaban y otros que cruzaban esos territorios de este a oeste y de regreso, se empezaran a comunicar en un nuevo idioma.

Muy al oriente había quedado el latín vulgar de los antiguos conquistadores romanos; en ese mismo costado, se mantenía el primigenio vascuense y andaba su propio camino el catalán; hacia el occidente, el gallego-portugués hacía lo propio. Pero ahí, en Bardulia, tierra de frontera entre los dominios árabes —que se extendían hacia abajo más allá del mar para adentrarse en el continente africano— y los reinos cristianos que habían quedado arrinconados con la espalda contra las rocas cantábricas, ahí, en Bardulia, la gente se entendía en castellano.

Ya no decían ferir (como sus vecinos leoneses de occidente y aragoneses de oriente), sino herir; tampoco janeiro, ni genero, sino enero; ni feito o feto, sino hecho, por ejemplo.

Daba comienzo una historia ahora milenaria: la historia del castellano; la de esa lengua que algunos llaman español, pero que por justicia no debe llamarse así, pues no es el único idioma de esa región del mundo, ya que comparte territorio con idiomas como el gallego, el catalán y el vasco, y tampoco es sólo el idioma de lo que hoy se conoce como España, pues se extiende también desde el sur de Estados Unidos hasta la Tierra del Fuego, entre otras partes del planeta.

Vendrían después las primeras palabras escritas en castellano (las glosas emilianenses y silenses), los primeros escritos completos (los cartularios de Valpuesta), el primer diccionario del castellano (de Covarrubias), la primera gramática (de Nebrija), sus primeros textos literarios (El Poema del Cid), sus obras cumbre, ya como un idioma consolidado (La Celestina, El Quijote), sus primeras obras surgidas en América (las crónicas de los conquistadores), la primera novela histórica mexicana (Jicoténcatl), etc., hasta llegar a nuestros días y a otras fechas memorables del idioma: sus premios Nobel de literatura originarios de países hispanohablantes, su acceso a internet, los modismos regionales, el lunfardo, el espanglish...

Pero esas historias las contaremos después a quienes decidan seguir escuchando los ecos de Bardulia.

domingo, 1 de febrero de 2009

Tinta indeleble (I)

Textos cachondos
Por Ulises Martínez Flores


Independientemente de lo que los eruditos de la teoría literaria digan, a mí me parece que una buena pieza de literatura erótica es aquella que me pone cachondo cuando la leo. ¿Y cuáles de entre mis lecturas han cumplido el requisito anterior al grado de haberse quedado en mi memoria como tinta indeleble?

Dejaré para otra colaboración el clásico de la literatura erótica Memorias de una pulga, anónimo del siglo XVII o XVIII, pues para comentarlo quiero volverlo a leer, ya que la primera vez que lo hice (en mi adolescencia más temprana) más que una delectación literaria fue un acompañamiento para mis primeras y siempre bien recordadas prácticas onanísticas.

En cambio, ya con “peleas en la coliseo”, y algunas hasta perdidas por knock out, recuerdo sobre todo la placentera lectura de dos cuentos. El primero forma parte del libro Cuentos eróticos, publicado en la colección “El espejo de tinta” de Grijalbo en 1989. De ese conjunto de 15 relatos de autores de la península ibérica, me parece excelente el de Javier García Sánchez titulado La hamaca entre los tilos.

Ana y Alberto, esposos, han invitado a un grupo de amigos a pasar unos días en su casa de campo. Entre los invitados están Cristina y Jaime, novios. A Ana, desde que conoció a Jaime le ha parecido portador de una cierta naturaleza animal, demasiado masculino, una tanto turbio, sucio y prepotente, y no le ha pasado desapercibido el deseo que ella despierta en él. Su reacción ha sido siempre tratarlo con desdén, pero esa tarde, mientras el grupo de amigos se divierte en el jardín, Ana decide juguetear con Jaime, provocándolo. Lo atrae entonces hacia el interior de la casa, ocasión que él no desaprovechará.

El juego, ya muy candente, amenaza con ser interrumpido por las voces de los amigos que desde el jardín le hablan a Ana; ella, desde una ventana de la parte alta de la casa, les responde mientras Jaime, sin ser visto por los de abajo, continúa con el actuar de manos y boca. He aquí unas cuantas líneas para que se piquen (sin albur): “La posición ligeramente inclinada de ella, que apoyaba ambos codos en la barandilla de hierro echando el culo hacia atrás, permitía que Jaime alcanzara sin excesivas dificultades aquella zona que buscaba con ahínco. Ana notaba el contacto de sus bragas de seda a la altura de las rodillas, lo mismo que los pantalones. Estaba completamente mojada”.

El otro cuento es de Paco Ignacio Taibo II, se llama El sabor de la Leila y aparece en el libro El regreso de la verdadera araña y otras historias que pasaron en algunas fábricas. Publicado en 1988 por Joaquín Mortiz en su “Serie del Volador”, como su nombre lo indica recoge relatos sobre aquellos años setenta del siglo pasado, cuando la insurgencia obrera y sindical retó en México al poder de los dirigentes charros y del gobierno.

Pero entre anécdotas de la lucha sindical, Taibo II ofrece esta sublime pieza de literatura cachonda. Así empieza: “Jerónimo Ramírez, alias El Rayo Láser, cambió sustancialmente de categoría en aquel mes de abril. El cambio significó movimientos escalafonarios y en el salario, y todos ellos para peor”. Lo más curioso es que tales modificaciones fueron ¡absolutamente voluntarias!

¿Había enloquecido El Rayo Láser? Sí, en cierta forma, pero por las piernas de la Leila, secretaria en las oficinas administrativas acostumbrada a lucir sus muslos con minifaldas. El Rayo Láser había encontrado la manera de deleitar su vista con mucho más que los muslos que las minifaldas de la Leila ofrecían, aunque el costo fuera pasar de mecánico C de mantenimiento a simple operador de montacargas.

La ventaja era que en su nueva categoría tenía toda la jornada laboral para otear sin que nadie lo notara a través de una extraña y pequeña ventana que, al ras del suelo de la oficina de Leila, daba al patio donde El Rayo Láser operaba su montacargas.

No les cuento más: El sabor de la Leila es un inolvidable homenaje al voyeurismo condimentado con el característico humor de PIT II. Que tengan dulces y húmedos sueños.