domingo, 1 de febrero de 2009

Tinta indeleble (I)

Textos cachondos
Por Ulises Martínez Flores


Independientemente de lo que los eruditos de la teoría literaria digan, a mí me parece que una buena pieza de literatura erótica es aquella que me pone cachondo cuando la leo. ¿Y cuáles de entre mis lecturas han cumplido el requisito anterior al grado de haberse quedado en mi memoria como tinta indeleble?

Dejaré para otra colaboración el clásico de la literatura erótica Memorias de una pulga, anónimo del siglo XVII o XVIII, pues para comentarlo quiero volverlo a leer, ya que la primera vez que lo hice (en mi adolescencia más temprana) más que una delectación literaria fue un acompañamiento para mis primeras y siempre bien recordadas prácticas onanísticas.

En cambio, ya con “peleas en la coliseo”, y algunas hasta perdidas por knock out, recuerdo sobre todo la placentera lectura de dos cuentos. El primero forma parte del libro Cuentos eróticos, publicado en la colección “El espejo de tinta” de Grijalbo en 1989. De ese conjunto de 15 relatos de autores de la península ibérica, me parece excelente el de Javier García Sánchez titulado La hamaca entre los tilos.

Ana y Alberto, esposos, han invitado a un grupo de amigos a pasar unos días en su casa de campo. Entre los invitados están Cristina y Jaime, novios. A Ana, desde que conoció a Jaime le ha parecido portador de una cierta naturaleza animal, demasiado masculino, una tanto turbio, sucio y prepotente, y no le ha pasado desapercibido el deseo que ella despierta en él. Su reacción ha sido siempre tratarlo con desdén, pero esa tarde, mientras el grupo de amigos se divierte en el jardín, Ana decide juguetear con Jaime, provocándolo. Lo atrae entonces hacia el interior de la casa, ocasión que él no desaprovechará.

El juego, ya muy candente, amenaza con ser interrumpido por las voces de los amigos que desde el jardín le hablan a Ana; ella, desde una ventana de la parte alta de la casa, les responde mientras Jaime, sin ser visto por los de abajo, continúa con el actuar de manos y boca. He aquí unas cuantas líneas para que se piquen (sin albur): “La posición ligeramente inclinada de ella, que apoyaba ambos codos en la barandilla de hierro echando el culo hacia atrás, permitía que Jaime alcanzara sin excesivas dificultades aquella zona que buscaba con ahínco. Ana notaba el contacto de sus bragas de seda a la altura de las rodillas, lo mismo que los pantalones. Estaba completamente mojada”.

El otro cuento es de Paco Ignacio Taibo II, se llama El sabor de la Leila y aparece en el libro El regreso de la verdadera araña y otras historias que pasaron en algunas fábricas. Publicado en 1988 por Joaquín Mortiz en su “Serie del Volador”, como su nombre lo indica recoge relatos sobre aquellos años setenta del siglo pasado, cuando la insurgencia obrera y sindical retó en México al poder de los dirigentes charros y del gobierno.

Pero entre anécdotas de la lucha sindical, Taibo II ofrece esta sublime pieza de literatura cachonda. Así empieza: “Jerónimo Ramírez, alias El Rayo Láser, cambió sustancialmente de categoría en aquel mes de abril. El cambio significó movimientos escalafonarios y en el salario, y todos ellos para peor”. Lo más curioso es que tales modificaciones fueron ¡absolutamente voluntarias!

¿Había enloquecido El Rayo Láser? Sí, en cierta forma, pero por las piernas de la Leila, secretaria en las oficinas administrativas acostumbrada a lucir sus muslos con minifaldas. El Rayo Láser había encontrado la manera de deleitar su vista con mucho más que los muslos que las minifaldas de la Leila ofrecían, aunque el costo fuera pasar de mecánico C de mantenimiento a simple operador de montacargas.

La ventaja era que en su nueva categoría tenía toda la jornada laboral para otear sin que nadie lo notara a través de una extraña y pequeña ventana que, al ras del suelo de la oficina de Leila, daba al patio donde El Rayo Láser operaba su montacargas.

No les cuento más: El sabor de la Leila es un inolvidable homenaje al voyeurismo condimentado con el característico humor de PIT II. Que tengan dulces y húmedos sueños.

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