domingo, 15 de febrero de 2009

Ecos de Bardulia (I)

Los primeros balbuceos
Por Ulises Martínez Flores


Hace más de mil años, muchos más, se llamaba Bardulia; hoy, por más que me esfuerzo, no la encuentro en los mapas. Era la tierra de los bárdulos, quienes con otros pueblos (autrigones y caristios, y sobre todo cántabros y vascones) habitaron el norte de la península ibérica desde la Antigüedad, mucho antes de que romanos, visigodos y árabes conquistaran esos territorios, unos detrás de otros.

A Bardulia se le identifica con Castilla en varios libros antiguos (en la tercera de las Crónicas de Alfonso III, escrita a finales del siglo X, y en la anónima Crónica Najerense, escrita a finales del siglo XII, por ejemplo), señalándose que por decisión de Alfonso I (rey de Asturias durante el siglo VIII) a Bardulia se le comenzó a llamar Castilla.

Si bien otras fuentes desmienten lo anterior, me gusta imaginarme a Bardulia como el nido del idioma castellano, un sitio en el que un grupo de habitantes de la península ibérica empezó a identificarse entre sí por compartir un idioma común diferente al de sus pueblos vecinos y al de sus sucesivos conquistadores, y cuyos ecos, doce siglos después, hermanan a casi 400 millones de personas en todo el mundo por ser ésta su lengua materna.

En realidad, nada es más difícil —si no es que imposible— que el tratar de identificar el lugar y el momento exacto en el que nace una nueva lengua; sin embargo, atrae la idea de que un día, viajando entre Pamplona y Burgos, en la carretera aparece una desviación hacia Bardulia, la que kilómetros más adelante se presenta como un simple caserío. Ahí, al preguntar a un par de viejos sobre cómo se llama el lugar, ellos contestan: “Bardulia quae nunc appellatur Castella” (“Bardulia, que ahora es llamada Castilla”).

Visiones románticas aparte, lo cierto es que hacia los años 900 de nuestra era, al sur de la costa cantábrica, por las márgenes del río Ebro, en lo que hoy es la provincia de Burgos, se dieron las condiciones para que quienes ahí habitaban y otros que cruzaban esos territorios de este a oeste y de regreso, se empezaran a comunicar en un nuevo idioma.

Muy al oriente había quedado el latín vulgar de los antiguos conquistadores romanos; en ese mismo costado, se mantenía el primigenio vascuense y andaba su propio camino el catalán; hacia el occidente, el gallego-portugués hacía lo propio. Pero ahí, en Bardulia, tierra de frontera entre los dominios árabes —que se extendían hacia abajo más allá del mar para adentrarse en el continente africano— y los reinos cristianos que habían quedado arrinconados con la espalda contra las rocas cantábricas, ahí, en Bardulia, la gente se entendía en castellano.

Ya no decían ferir (como sus vecinos leoneses de occidente y aragoneses de oriente), sino herir; tampoco janeiro, ni genero, sino enero; ni feito o feto, sino hecho, por ejemplo.

Daba comienzo una historia ahora milenaria: la historia del castellano; la de esa lengua que algunos llaman español, pero que por justicia no debe llamarse así, pues no es el único idioma de esa región del mundo, ya que comparte territorio con idiomas como el gallego, el catalán y el vasco, y tampoco es sólo el idioma de lo que hoy se conoce como España, pues se extiende también desde el sur de Estados Unidos hasta la Tierra del Fuego, entre otras partes del planeta.

Vendrían después las primeras palabras escritas en castellano (las glosas emilianenses y silenses), los primeros escritos completos (los cartularios de Valpuesta), el primer diccionario del castellano (de Covarrubias), la primera gramática (de Nebrija), sus primeros textos literarios (El Poema del Cid), sus obras cumbre, ya como un idioma consolidado (La Celestina, El Quijote), sus primeras obras surgidas en América (las crónicas de los conquistadores), la primera novela histórica mexicana (Jicoténcatl), etc., hasta llegar a nuestros días y a otras fechas memorables del idioma: sus premios Nobel de literatura originarios de países hispanohablantes, su acceso a internet, los modismos regionales, el lunfardo, el espanglish...

Pero esas historias las contaremos después a quienes decidan seguir escuchando los ecos de Bardulia.

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