martes, 17 de marzo de 2009

Tinta indeleble (II)

El odio de Dios

Por Ulises Martínez Flores


“La población estaba cerrada con odio y con piedras. Cerrada completamente como si sobre sus puertas y ventanas se hubieran colocado lápidas enormes, sin dimensión y tan profundas de tan gruesas, de tan de Dios. Jamás un empecinamiento semejante, hecho de entidades incomprensibles, inabarcables, que venían... ¿de dónde? De la Biblia, del Génesis, de las tinieblas, antes de la luz. Las rocas se mueven, las inmensas piedras del mundo cambian de sitio, avanzan un milímetro por siglo. Pero esto no se alteraba, este odio venía de lo más lejano y lo más bárbaro. Era el odio de Dios”.


Así comienza el que, para mi gusto, es el mejor cuento que he leído y que, por lo mismo, ocupa, como tinta indeleble, lugar privilegiado en mi memoria. El cuento se llama “Dios en la tierra” e inicia la colección de 16 narraciones que con el mismo título agrupó José Revueltas en 1944, año de su primera edición.


Es cierto que José Revueltas no destacó como cuentista y, en cambio, dejó novelas monumentales como las que precedieron a Dios en la tierra: Los muros de agua (1941) y El luto humano (1943), o las que vinieron después, por ejemplo, su herejía político-literaria Los días terrenales (1949). Es cierto que, si hubiese que escoger el mejor cuento simplemente entre los mexicanos, muchos voltearían hacia cuentistas cien por ciento como Juan José Arreola.


Bueno, pues, yo no. En “Dios en la tierra” encuentro de manera excepcionalmente sintetizado todo lo que a finales de los setenta del siglo pasado me hizo leer casi de corrido toda la obra literaria revueltiana y parte de sus ensayos políticos. Ahí están los personajes de toda su obra, carentes de futuro, que vagan como fantasmas en los límites del mundo, acosados por sí mismos debido al irrenunciable hecho de pertenecer a la especie humana. Están también personajes desalmados, que pueden causar el más cruel de los suplicios sin tentarse el corazón. Y está el retrato corrosivo de Revueltas a todo tipo de fanatismo.


El cuento que nos ocupa tiene como escenario uno de los pasajes reales de la historia reciente de México en el que todos estos elementos se enseñorearon: la Guerra Cristera de 1926-1929. De suyo descarnada y terrible, esta realidad es recreada literariamente desde el ojo y la pluma de Revueltas, mostrando no sólo la realidad formal sino, y sobre todo, el contenido, lo que a primera vista no se vería en una fotografía. Los sentimientos, las motivaciones de los actos más inhumanos de los humanos, en este caso, paradójicamente, los actos de los soldados de Cristo.


He aquí otra probada del cuento para que corran a conseguirlo; un pelotón de soldados federales vaga por paisajes casi desérticos con la esperanza de que algún poblado se apiada de ellos y les de de comer y de beber, necesidades elementalmente bíblicas, primigenias.


—¡Queremos comer!


—¡Pagaremos todo!


La respuesta era un silencio duradero, donde se paseaban los años, donde las manos no alcanzaban a levantarse. Después un grito como un aullido de lobo perseguido, de fiera rabiosamente triste:


—¡Viva Cristo Rey!


Era un rey. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Por qué caminos espantosos? La tropa podía caminar leguas y más leguas sin detenerse. Los soldados podían comerse los unos a los otros. Dios había tapiado las casas y había quemado los campos para que no hubiese ni descanso ni abrigo, ni aliento ni semilla.


La voz era una, unánime, sin límites. “Ni agua”.

lunes, 9 de marzo de 2009

Tú que eres poeta y en el aire las compones… (II)

Elegía

Por Ulises Martínez Flores


Conocí la poesía de Miguel Hernández, como tal vez muchos de mi generación, gracias a la musicalización que de algunos de sus poemas hizo Joan Manoel Serrat en su disco Miguel Hernández en 1972. De ese álbum, destacaba en mis preferencias la “Elegía”. La canté con mi desafinado talento musical cientos de veces, la mayoría de ellas para mí mismo. Años después, la leí por primera vez, cuando descubrí el gusto por la poesía. Y más tarde, al iniciar los noventa, cuando murió mi hermano Ayax, la elegía de Miguel Hernández a Ramón Sijé se convirtió en mi muy personal elegía al Ayitax. No he podido, desde entonces, volver a leer el poema hernandiano ni escuchar su serratiana versión musicalizada sin soltarme a llorar.


Me duele tanto ese poema, me recuerda tanto al Ayax, me vuelve tan palpable el inmenso orificio que su ausencia dejó en mi vida…


Prefiero siempre su versión escrita; sin demeritar el trabajo musical de Serrat, la melodía no deja de dulcificar un tanto un poema que ante todo es un grito desgarrador; sólo quien ha perdido carne de su carne puede haber escrito: “Tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”. Sólo quien no se resigna a tal pérdida puede posarse de hinojos frente a una tumba y escribir: “Quiero escarbar la tierra con los dientes, quiero apartar la tierra parte a parte a dentalladas secas y calientes. Quiero minar la tierra hasta encontrarte y besarte la noble calavera y desamordazarte y regresarte”.


Ramón Sijé, nacido en 1913, orihuelano y poeta como Hernández, era sólo tres años más joven que éste; ambos habían compartido así inquietudes e intereses hasta que el segundo parte a Madrid. Ahí se entera de la muerte de su amigo, acaecida en la Nochebuena de 1935. Se cuenta que Miguel Hernández escribió su elegía en unos cuantos días y para enero del año siguiente la había publicado ya en la Revista Occidente y, literalmente deteniendo las prensas, en su poemario El rayo que no cesa.


De Miguel Hernández, de su hermano Ramón Sijé, del poema que aquí comento se puede encontrar un sinfín de información y comentarios. Yo les dejo aquí mi personal relación con este poema, así como su letra y la versión musicalizada de Serrat.


Elegía a Ramón Sijé


(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha

muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.)


Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.


Alimentando lluvias, caracoles

Y órganos mi dolor sin instrumento,

a las desalentadas amapolas


daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.


Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.


No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.


Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.


Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.


No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.


En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofe y hambrienta


Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte

a parte a dentelladas secas y calientes.


Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte


Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de mis flores

pajareará tu alma colmenera


de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.


Alegrarás la sombra de mis cejas,

y tu sangre se irá a cada lado

disputando tu novia y las abejas.


Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama a un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.

.

A las aladas almas de las rosas...

de almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.


http://www.youtube.com/watch?v=vKPhKUCcIQc

lunes, 2 de marzo de 2009

Para no eruditos (II)

Los girasoles ciegos

Por Ulises Martínez Flores


Estoy al pendiente de que cruce el Atlántico la nueva película de Maribel Verdú, Los girasoles ciegos, dirigida por José Luis Cuerda, no sólo para deleitarme con la protagonista, sino para salir de la curiosidad sobre cómo pudieron llevar a la pantalla con fidelidad los cuentos que forman el libro homónimo de Alberto Méndez, el cual aquí les reseño.


Con una prosa que con frecuencia alcanza tintes de poesía, Alberto Méndez reúne en su libro cuatro cuentos largos sobre la posguerra española. Más allá de que algunos de ellos se tocan sutilmente, el denominador común de los relatos es que se convierten en el escenario de los muertos: entre los personajes, quien no lo está vive moribundo, en espera de la muerte o en calidad de muerto en vida. Con la muerte, pues, como protagonista, el autor nos cuenta los estragos de la guerra en el alma de los seres humanos.


“Si el corazón pensara dejaría de latir”, el primero de los relatos, tiene como personaje central a Carlos Alegría, un capitán franquista que tiene más de universitario que de militar y que un día antes de que los republicanos rindan la plaza de Madrid al enemigo, decide él rendirse a los republicanos, pues no quiere ser parte de la victoria inminente de los franquistas. Considerado desertor y traidor por sus antiguos compañeros de armas y enemigo por los vencidos, Alegría resurge literalmente de entre los muertos para deambular entre los vivos.


Un segundo relato, “Manuscrito encontrado en el olvido”, cuenta los meses finales de un republicano huido, de su esposa embarazada y de su hijo recién nacido, tras la victoria franquista. Desde las montañas donde se ha refugiado y con un crudo invierno como telón de fondo, el huido escribe el manuscrito que el autor reproduce y glosa, en donde con la presencia permanente de la muerte sobre él y su familia, cuenta cómo ve fallecer a su esposa; cómo piensa que su hijo apenas logrará sobrevivir y cómo se aferra a la vida hasta que termina él mismo rindiendo su personal plaza al hambre.


En “El idioma de los muertos”, Juan Senra, republicano preso en la cárcel de Porlier, se convierte en moderno Scherezada, inventando historias sobre el hijo de su carcelero para prolongar una y otra noche su vida… hasta que la condena a muerte de su mejor amigo dentro de la cárcel lo hace renunciar a esa vida extra.


Finalmente, el cuarto y que da nombre al libro en su conjunto, cuenta a tres voces la historia del niño Lorenzo, sus padres Elena y Ricardo, y el acoso que sufren los tres de parte del cura Salvador. Entre la voz del narrador, la carta de confesión y renuncia a los hábitos del hermano Salvador y los recuerdos en primera persona de Lorenzo, nos vamos enterando del proceso paulatino de agonía que vive Ricardo, escondido dentro de su propia casa debido a su pasado republicano.


Del autor de Los girasoles ciegos poco podemos contar. Como uno más de sus protagonistas, Alberto Méndez pareció sólo alargar su propia vida lo suficiente para ver publicado su primero y único libro, pues 11 meses después de su edición, murió, a la temprana edad de los 63 años.


Búsquenlo, búsquenlo; después de su primer edición le han seguido veintiún más, así que en alguna librería podrán encontrarlo.