“La población estaba cerrada con odio y con piedras. Cerrada completamente como si sobre sus puertas y ventanas se hubieran colocado lápidas enormes, sin dimensión y tan profundas de tan gruesas, de tan de Dios. Jamás un empecinamiento semejante, hecho de entidades incomprensibles, inabarcables, que venían... ¿de dónde? De
Así comienza el que, para mi gusto, es el mejor cuento que he leído y que, por lo mismo, ocupa, como tinta indeleble, lugar privilegiado en mi memoria. El cuento se llama “Dios en la tierra” e inicia la colección de 16 narraciones que con el mismo título agrupó José Revueltas en 1944, año de su primera edición.
Es cierto que José Revueltas no destacó como cuentista y, en cambio, dejó novelas monumentales como las que precedieron a Dios en la tierra: Los muros de agua (1941) y El luto humano (1943), o las que vinieron después, por ejemplo, su herejía político-literaria Los días terrenales (1949). Es cierto que, si hubiese que escoger el mejor cuento simplemente entre los mexicanos, muchos voltearían hacia cuentistas cien por ciento como Juan José Arreola.
Bueno, pues, yo no. En “Dios en la tierra” encuentro de manera excepcionalmente sintetizado todo lo que a finales de los setenta del siglo pasado me hizo leer casi de corrido toda la obra literaria revueltiana y parte de sus ensayos políticos. Ahí están los personajes de toda su obra, carentes de futuro, que vagan como fantasmas en los límites del mundo, acosados por sí mismos debido al irrenunciable hecho de pertenecer a la especie humana. Están también personajes desalmados, que pueden causar el más cruel de los suplicios sin tentarse el corazón. Y está el retrato corrosivo de Revueltas a todo tipo de fanatismo.
El cuento que nos ocupa tiene como escenario uno de los pasajes reales de la historia reciente de México en el que todos estos elementos se enseñorearon:
He aquí otra probada del cuento para que corran a conseguirlo; un pelotón de soldados federales vaga por paisajes casi desérticos con la esperanza de que algún poblado se apiada de ellos y les de de comer y de beber, necesidades elementalmente bíblicas, primigenias.
—¡Queremos comer!
—¡Pagaremos todo!
La respuesta era un silencio duradero, donde se paseaban los años, donde las manos no alcanzaban a levantarse. Después un grito como un aullido de lobo perseguido, de fiera rabiosamente triste:
—¡Viva Cristo Rey!
Era un rey. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Por qué caminos espantosos? La tropa podía caminar leguas y más leguas sin detenerse. Los soldados podían comerse los unos a los otros. Dios había tapiado las casas y había quemado los campos para que no hubiese ni descanso ni abrigo, ni aliento ni semilla.
La voz era una, unánime, sin límites. “Ni agua”.
