Los girasoles ciegos
Por Ulises Martínez Flores
Estoy al pendiente de que cruce el Atlántico la nueva película de Maribel Verdú, Los girasoles ciegos, dirigida por José Luis Cuerda, no sólo para deleitarme con la protagonista, sino para salir de la curiosidad sobre cómo pudieron llevar a la pantalla con fidelidad los cuentos que forman el libro homónimo de Alberto Méndez, el cual aquí les reseño.
Con una prosa que con frecuencia alcanza tintes de poesía, Alberto Méndez reúne en su libro cuatro cuentos largos sobre la posguerra española. Más allá de que algunos de ellos se tocan sutilmente, el denominador común de los relatos es que se convierten en el escenario de los muertos: entre los personajes, quien no lo está vive moribundo, en espera de la muerte o en calidad de muerto en vida. Con la muerte, pues, como protagonista, el autor nos cuenta los estragos de la guerra en el alma de los seres humanos.
“Si el corazón pensara dejaría de latir”, el primero de los relatos, tiene como personaje central a Carlos Alegría, un capitán franquista que tiene más de universitario que de militar y que un día antes de que los republicanos rindan la plaza de Madrid al enemigo, decide él rendirse a los republicanos, pues no quiere ser parte de la victoria inminente de los franquistas. Considerado desertor y traidor por sus antiguos compañeros de armas y enemigo por los vencidos, Alegría resurge literalmente de entre los muertos para deambular entre los vivos.
Un segundo relato, “Manuscrito encontrado en el olvido”, cuenta los meses finales de un republicano huido, de su esposa embarazada y de su hijo recién nacido, tras la victoria franquista. Desde las montañas donde se ha refugiado y con un crudo invierno como telón de fondo, el huido escribe el manuscrito que el autor reproduce y glosa, en donde con la presencia permanente de la muerte sobre él y su familia, cuenta cómo ve fallecer a su esposa; cómo piensa que su hijo apenas logrará sobrevivir y cómo se aferra a la vida hasta que termina él mismo rindiendo su personal plaza al hambre.
En “El idioma de los muertos”, Juan Senra, republicano preso en la cárcel de Porlier, se convierte en moderno Scherezada, inventando historias sobre el hijo de su carcelero para prolongar una y otra noche su vida… hasta que la condena a muerte de su mejor amigo dentro de la cárcel lo hace renunciar a esa vida extra.
Finalmente, el cuarto y que da nombre al libro en su conjunto, cuenta a tres voces la historia del niño Lorenzo, sus padres Elena y Ricardo, y el acoso que sufren los tres de parte del cura Salvador. Entre la voz del narrador, la carta de confesión y renuncia a los hábitos del hermano Salvador y los recuerdos en primera persona de Lorenzo, nos vamos enterando del proceso paulatino de agonía que vive Ricardo, escondido dentro de su propia casa debido a su pasado republicano.
Del autor de Los girasoles ciegos poco podemos contar. Como uno más de sus protagonistas, Alberto Méndez pareció sólo alargar su propia vida lo suficiente para ver publicado su primero y único libro, pues 11 meses después de su edición, murió, a la temprana edad de los 63 años.
Búsquenlo, búsquenlo; después de su primer edición le han seguido veintiún más, así que en alguna librería podrán encontrarlo.

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